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Hermanas y Hermanos, en primer lugar, quiero darles a todos un saludo muy fraternal en nombre de los Venerables Maestros de la Gran Fraternidad Blanca y expresarles mí sentido agradecimiento, no sólo por su amable asistencia a este recinto, sino también por el cuidado y atención que se dignen prestar a mis palabras.

Lo que nos proponemos en el curso de esta Conferencia, es hacer algunas consideraciones acerca de los misterios o enigmas que puedan enseñar las Enseñanzas que nos dan los Maestros del Esoterismo Trascendental, con el fin de facilitar la profundización y comprensión de estas, lo que nos hará posible el conocimiento de nuestros Poderes Internos.

Permítanme decir, que para todos nosotros es un privilegio generosamente concedido por los dioses que orientan nuestras vidas, el hecho de encontrarnos en esta mañana espléndida, dentro de esta augusta Aula de la Fraternidad Rosa-Cruz Antigua, lugar maravilloso y propicio para abstraernos en la interioridad de nuestro propio Templo y poder contemplar allí la diamantina realidad de nuestro ser, de nuestro Yo, de ese Yo maravilloso, que no es otra cosa que la Luz que ilumina el Sendero de nuestra propia evolución.

Y vale la pena traer aquí, lo que al respecto dice un famoso Maestro oriental, instruyendo a su discípulo: «No olvides que tu vida es tu propio y único sendero espiritual, y si cultivas tu Luz Interior, ella brillará siempre en tu gran camino, para que puedas transitar en él con armoniosa serenidad».

Es indudablemente hermosa la enseñanza, porque se habla mucho del Sendero Espiritual que debemos seguir… y claro, nos imaginamos un sendero sobre este mundo terrenal, que tenemos que transitar con espiritualidad. Pero a veces no sabemos siquiera que cosa es espiritualidad, y que además tenemos que iluminar muy bien ese camino, porque es muy sinuoso y difícil.

Es que cuando no hay claridad en la enseñanza, comprender estas cosas de sentido puramente espiritual no es tan fácil. Suele suceder siempre que los primeros pasos que nos conducen progresivamente hacia la conquista de lo espiritual suelen ser por demás difíciles y generalmente dolorosos. Pero es que todo lo verdaderamente valioso en la vida, sólo puede conquistarse a través de nobles esfuerzos y un trabajo persistente, consciente y armonioso.

Entonces aquel enunciado magnífico de ese sabio oriental -al que ya hicimos referencia- es verdaderamente iluminador: «No olvides que tu vida es tu propio y único sendero espiritual, y si cultivas tu Luz Interior, ella brillará siempre en tu gran camino, para que transites en él con armonía y serenidad».

Es decir, que el Sendero Espiritual no tenemos que ir a buscarlo fuera de nosotros. Todo está latente en la interioridad de nuestro ser, pero debemos despertar a esa divina realidad siendo conscientes de esa verdad intrínseca. El hombre no es otra cosa que una divinidad infinita y eterna, pero en su actual estado de evolución, se desconoce a sí mismo. De modo pues que el conocimiento de sí mismo es lo que debemos conquistar.

«Hombre conócete a sí mismo, y así conocerás al universo y a los dioses», era la leyenda que grabada con letras de oro se hallaba esculpida en el dintel de la entrada a los templos Iniciáticos de Delfos. Y en realidad, toda enseñanza oculta tenía como base fundamental, el conocimiento del hombre. Tras ese conocimiento va siempre el «hombre idealista», porque esa conquista es la base fundamental para actualizar nuestro pasado ignoto, y así poder salir conscientemente de las tinieblas en que vivimos, hacia la Luz de la vida. Es decir, de la inconsciencia respecto a lo que realmente somos, a la Consciencia de nuestra Divina Realidad.

¡Esa es la ley cíclica! Olvidar y recordar, ser inconscientes y luego autoconscientes. ¡Es la acción del Movimiento Eterno! Es un ascenso y un descenso misterioso y divino, que se sucede en todas las esferas o planos de consciencia, y cuya repetición eterna hace posible la manifestación de toda existencia. Es el movimiento cíclico que está maravillosamente concretado en el ondear serpentino de la serpiente del Génesis, y que los Gnósticos nos lo enseñan a descubrir a través de aquella figura bíblica de la manzana paradisiaca, en la cual se encierra el misterio del Bien y del Mal.

La «Manzana del Paraíso» es una encantadora y científica leyenda, para enseñarle al mundo el poder de los sexos masculino y femenino, porque la armonía entre ellos es lo que constituye la raíz misma del Arbol del Amor o Arbol del Bien; en tanto que la fuerza que nace del instinto sin sublimar, es la raíz o fundamento del Arbol del Mal, trasunto que degrada y envilece al hombre y le hace cometer toda clase de errores.

Realmente todo es maravilloso y todo es grato, cuando logramos actualizar algo de consciencia, acerca de las preciosas alegorías, en las cuales los sabios del pasado dejaron las más naturales y puras verdades de la existencia, para nuestra consideración y estudio. Verdades que debemos estudiar y analizar cuidadosamente, para llegar a una conscientización exacta y poder sentir realmente esas verdades, y no conformarnos sólo con creer pasivamente en ellas.

Todos vosotros debéis saber, que la creencia es el aspecto nefasto que ha obstaculizado el progreso evolutivo de la humanidad; porque todo progreso es factible sólo a través de esfuerzos, investigaciones y trabajo permanente. Así que no lograremos consciencia acerca de las Verdades Divinas de la Vida, si no nos esforzamos y trabajamos para lograr ser conscientes de ellas. En cambio, la creencia, no nos exige ningún esfuerzo. Nos basta con creer y asunto concluido. Pero ahí quedamos, de ahí no avanzamos.

La creencia, es la negación misma de la libre potestad del hombre. Potestad de inquirir, potestad de analizar, potestad de estudiar, ¡potestad de saber… Creer no es nada! Creer no es para hombres con sentido de infinitud, con sentido de grandeza, con sentido de libertad, de consciencia. Creer es para pigmeos espirituales, creer es para mentes estrechas, creer es para aquellos seres que no tienen voluntad ni fuerza de levantar la frente y mirar de frente al Sol, razón de toda verdad; porque ese Sol de la Verdad es el dador de Vida, de calor, de energía. Toda la energía que mueve los mundos, y todo en cuanto ellos evolucionan, viene de ese dador generoso que es el Sol.

El verdadero espiritualista debe analizar y meditar profundamente en estas cosas, para llegar a SABER realmente respecto a ellas y no quedarse en la pasiva creencia. Dice el Maestro: «Creer es sencillamente aceptar lo que otros dicen, para no tomarse el trabajo de pensar». El verdadero espiritualista deberá ser pues un buen analista.

Actualmente la espiritualidad es poco comprendida. Generalmente se considera que la espiritualidad es una «pose», una actitud física, sin pensar que real y verdaderamente es una Interna Realización de Consciencia. Es un sentido interno respecto a las Verdades Eternas.

Para ser espiritualista no es necesario prescindir del trato con nuestros congéneres, ni abandonar los deberes que la vida haya impuesto como consecuencias de nuestros actos del pasado. La espiritualidad es Armonía Interior, recto pensar, recto obrar y noble sentir. Eso es espiritualidad.

Podemos decir con pleno conocimiento, que las reglas del espiritualista están condensadas en un precioso manual que lleva por título «A los Pies del Maestro» -que se dice que son de autoría del señor Krishnamurti- pero en realidad fueron enseñanzas del Adepto K.H. dadas a aquél joven cuando lo probaba en los mundos internos, sobre su capacidad de retrotraer a la consciencia concreta las enseñanzas obtenidas en las esferas sutiles.

Todo estudiante y todo amante de lo trascendental, debiera no sólo conocer sino estudiar cuidadosamente este precioso manual. Su práctica podría crear una nueva sociedad humana, más armoniosa y más amante de la divina vida, con un mayor sentido de las Verdades Eternas, y por lo tanto con menos conflictos y muy lejos del estado caótico que hoy vivimos. Es cuestión de armonizar mente y corazón.

El interés fundamental de los estudiantes de la Escuela Rosacruz, y de todo aquel que quiera superarse debe ser real y positivamente el de adquirir un profundo conocimiento de las fuerzas sutiles de la naturaleza, y trabajar en el sentido de armonizarnos plenamente con ellas, y ayudar a que todos nuestros hermanos en la humanidad logren esa armonía, porque sólo así podremos tornar este mundo trágico en un mundo grato y amable, no sólo para nosotros sino también y desde luego, para todos los excelsos seres que generosamente nos ayudan para no caer definitivamente.

Muchas son las enseñanzas que los Rosacruces nos han impartido, para lograr la armonía de esas Fuerzas Sutiles de la Naturaleza. Y una de las más importantes -a mi modo de ver- es aquella en la cual hacen referencia a la manera como se debe manejar el Verbo, la palabra. El hombre posee una fuerza extraordinariamente en la palabra, tanto así, que pronunciando con ritmo armonioso palabras y vocales, podemos curarnos y curar toda clase de enfermedades. Este es un aspecto del estudio esotérico que deleita admirablemente y que cada uno podemos experimentar según nuestras posibilidades.

La «I» nos dicen los Maestros, hace vibrar los centros cerebrales aumentando allí la circulación de la sangre, pues pronunciando vibrante y dilatadamente «iiiii…» la sangre fluye al cerebro y cura todas las afecciones de aquel centro nervioso, tan importante en la vida del hombre.

La «E» tiene una especialísima influencia sobre la laringe, que es el instrumento de la palabra. Basta pronunciar la «E» en forma vibrante «eeeee…» como quien pronuncia un Mantram, para que la sangre fluya a esta zona y se curen todas las enfermedades de este órgano, que es vital para manifestar en palabras nuestro sentir, nuestro pensar, nuestro amor y nuestros afectos.

La «A» afecta las vibraciones del plexo solar y de los pulmones. Por lo tanto, con el sonido de esta vocal, en la forma que ya lo hemos explicado para las otras vocales, «aaaaa…» se curan y se vigorizan infaliblemente los pulmones y el plexo solar.

La «O» influye directamente en el corazón. Así que para armonizar y vigorizar este órgano tan importante, tenemos que hacer vibrar la «O», «ooooo…», para que este sonido equilibre los ritmos de este maravilloso distribuidor de energías que es el corazón.

La «U» afecta directamente el estómago y los centros generativos. De modo que si pronunciamos vibrantemente la vocal «U», «uuuuu…» fortificamos y armonizamos estos órganos y curamos en ellos todas sus afecciones. Haciendo vibrar la «U» se cura infaliblemente el estreñimiento.

Son maravillosas instrucciones de los Maestros Rosacruces, para los estudiantes y personas que tengan el carácter y la voluntad de utilizar estos conocimientos que nos sirven, para armonizar nuestro organismo y poder curar nuestras enfermedades; así como servir noblemente en la tarea de ayudar a sanar los cuerpos y las Almas de nuestros hermanos en la evolución.

Tanta maravilla que podemos hacer mediante la vibración del sonido, del Verbo, de la palabra. Pero no es sólo a través de la vibración de las vocales… hay otro aspecto del poder del Verbo, que se manifiesta cuando expresamos nuestras imágenes mentales a través de la palabra, a través del Verbo hecho sonido, es una magia vigorosa, es una fuerza incontrastable que una vez puesta en acción cumple su cometido, concretando la idea, concretando la imagen expresada en palabra, y eso no tiene dilación.

Esto nos lleva a meditar muy seriamente acerca de las imágenes, que solemos generar y cultivar en nuestra mente y en nuestro corazón, porque si son imágenes negativas, imágenes de odio, de celos, de envidia, de egotismo, de pasiones insanas, muchas serán las fuerzas destructoras que estamos proyectando. Entonces muchas serán también las energías negativas que vendrán hacia nosotros, porque la Ley es «de aquello que damos, recibimos».

Así mismo, si hemos alimentado imágenes armoniosas, imágenes de comprensión, de bondad, imágenes de caridad y de perdón, imágenes altruistas, de prosperidad y bienestar para nuestros congéneres, eso será una verdadera bendición para nuestras vidas, si expresamos esas imágenes con sinceridad y nobleza de corazón.

He ahí reglas prácticas, reglas maravillosas que podemos utilizar, si queremos que nuestra vida sea encantadora; si queremos tornar lo trágico y doloroso de la existencia, en radiante armonía y felicidad permanente. No son utopías ni mucho menos, son cuestiones científicas y reales contenidas en la cósmica Ley de Causalidad que dice «quien da piedras recibe piedras, quien da flores recibe los más exquisitos aromas del Alma Universal». Así que nuestra felicidad o nuestra desdicha tiene su origen en nosotros mismos… según lo que demos recibimos; no hay que buscar ese origen en ninguna otra parte, ni echarle la culpa a ningún dios.

La única esperanza para el hombre es el hombre mismo!. El único creador de dicha para el hombre, es el hombre mismo. El único generador de las tragedias en la vida del hombre, es el hombre mismo. Y ahora recuerdo con respecto a los poderes intrínsecos del hombre una frase verdaderamente maravillosa y genial del doctor Krumm-Heller, citada en su famosa obra «Iglesia Gnóstica», dice: «El hombre es la energía psicogenésica de la creación hecha substancia y vida, que le permite ser creador en los tres planos de manifestación: en el plano de las formas a través de la generación; en el plano del sentido, a través de la espiritualidad; y en el plano del lenguaje, exteriorizando todo lo que sabe, piensa e imagina».

Desde luego, hay que tener cierta madurez para encontrar en ese enunciado de profunda sabiduría, toda su magnitud y toda su grandeza. Pero lo esencial es que el hombre mismo es el creador de su destino.

Esa energía psicogenésica, hecha substancia y vida en el hombre, cuando la utilizamos para la generación de la especie, debemos hacerlo solamente bajo el manto divino del Amor y con el único fin de proporcionar vehículos para la evolución de los Egos expectantes.

Cuando utilizamos esta energía a través de los sentidos, debemos seleccionar las imágenes que nos impactan del mundo exterior, para cultivar en nuestro sentido imaginal, sólo aquellas imágenes de armonía, de belleza y de bien, que al ser exteriorizadas a través del Verbo, sean poderosas emanaciones de armonía para ayudar al mundo y a todos nuestros hermanos en la evolución.

Y cuando utilizamos esta energía a través del lenguaje, debemos hacerlo solamente para expresar la Verdad, la Belleza, el Bien y la Armonía de la Vida; desechando en forma definitiva toda expresión rencorosa, toda expresión de celos, de envidia, de maldad e injusticia. Porque para su bien, todo lo que del hombre salga, debe ser puro, noble, armonioso y bello; sin olvidar que eso es lo que le damos a la vida, y eso mismo es lo que ella misma siempre nos devuelve con creces.  

Esa es la Ley de la Vida, esa es la Ley Divina, esa es la Ley Cósmica enunciada por el señor de Nazareth cuando dijo: «No hagas, ni desees para otros lo que no quieras para ti». Como veis, el valor de este enunciado del Nazareno está explícito en las consideraciones que acabamos de hacer.

Nuestra imaginación es la que genera los arquetipos de nuestros actos. Es decir, que todo acto nuestro va precedido de una imagen. Podríamos decir por ejemplo, que no estaríamos aquí reunidos si antes no hubiéramos concebido la imagen de asistir a esta reunión; no estaríamos luciendo las prendas de vestir que llevamos, si antes no la hubiéramos imaginado; no existiría el teléfono, si el inventor no lo hubiera imaginado con antelación; y así todo.

Por eso es importante, muy importante, transformar las imágenes negativas en imágenes positivas… y esto merece una explicación. Cuando una imagen negativa es extraída del subconsciente queda siempre ubicada en el umbral, es decir, en el límite entre el subconsciente y el consciente. En estas condiciones, el operante sigue rindiendo culto a la «imagen morbosa», porque no se ha logrado el verdadero cambio o transformación de la imagen.

Es necesario que toda imaginación nuestra de carácter negativo, sea radicalmente reemplazada por una imagen armoniosa, que no haya en nuestro corazón sino sentimientos de Armonía, de Bondad, de Belleza, de Caridad, de Fraternidad, y rendirle culto sincero a esta manera noble de sentir la vida.

Si por alguna circunstancia he cultivado una imagen rencorosa, de acentuado desafecto hacia una persona cualquiera, debo no sólo proponerme a cambiar mi actitud hacia esa persona, sino que debo transformar radicalmente aquella imagen rencorosa por una bella imagen de amor, de bondad y de comprensión; y cultivar esa imagen permanentemente para que la otra fenezca definitivamente.

Este es efectivamente el camino a seguir, para escaparnos de las torturas que nos producen las ideas e imágenes morbosas que solemos dejar en el umbral, en la penumbra, es decir, entre el subconsciente y el consciente.

La imagen es algo muy poderoso. La imagen es el poder creador de todo cuanto existe; la imagen es la precursora de los mundos; la imagen es la precursora de todos los sistemas solares del Universo Cósmico; la imagen será siempre la precursora de toda manifestación, la imagen fue la precursora del hombre, puesto que él no fue antes de aquella maravillosa expresión creadora: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, para que tenga la capacidad de señorear en todo lo ya creado».

Así que la capacidad de imaginar, es innata en el hombre desde el principio mismo. Y como hemos venido diciendo, la imagen contiene en sí todos los poderes, tanto los poderes de la celeste armonía interior, como los poderes de las tinieblas infernales. De nosotros depende el sendero que estemos transitando. Si estamos cultivando la imagen del amor, de la armonía, de la belleza y el bien, estamos transitando el más glorioso de los caminos; pero si estamos cultivando imágenes de odio, de celos, de maldad; si somos rencorosos y egotistas, entonces estamos transitando el tenebroso sendero de nuestra destrucción física, moral y espiritual.

Esta tremenda lucha entre el bien y el mal, es la verdadera razón de nuestra vida; porque es la lucha que nos da la experiencia necesaria para poder progresar evolutivamente. Así que hay que tener consciencia de cómo y por qué la estamos librando. Llegar a la autoconsciencia del verdadero sentido de la evolución, es la razón de ser de las sucesivas y numerosas encarnaciones de nuestro Ego en este mundo terrenal, a fin que logremos algún día ser conscientes de lo inconsciente, es decir, ser conscientes de los divinos poderes latentes en la interioridad de nuestro ser.

Todos venimos una y otra vez a este mundo, para afrontar esa lucha entre la oscuridad y la luz.

La Oscuridad es aquel estado pasivo y soñoliento, en que se debaten nuestros sentidos profundamente sumergidos en las cosas materiales, que no son más que aspectos evanescentes e ilusorios.

La Luz es aquel estado de espiritual ambrosía y esencial realidad, hacia la cual debemos despertar, para poder conocer y sentir en el Alma, los esplendores de la Divina Verdad de la Vida, que es precisamente la realidad magnífica que debemos conquistar.

Así que la labor del idealista Rosacruz, consiste en luchar conscientemente todas las batallas de la vida, gravitando siempre hacia lo divino y esencial, hasta lograr ser realmente un valeroso soldado de la Verdad Divina, tal como el Parsifal de la leyenda legendaria de «Los Caballeros Andantes del Santo Grial» que tenían la misión de guardar en un castillo encantado, el Cáliz sagrado en el cual el Nazareno había bebido en la última cena.

Parsifal, según el valor del término en sí mismo, quiere decir «El que por sí vale». Es decir, el que por profunda convicción SABE de sus propios valores esenciales; sabe de sus inmensos poderes espirituales ya desarrollados en beneficio de toda la humanidad. Parsifal, el que por sí vale, debe ser casto, puro, guerrero valeroso y amante del ideal divino, que los Rosacruces han sintetizado maravillosamente en esta triada: La Verdad, la Belleza y el Bien. Esta es la triada en la que el estudiante Rosacruz se afirma para lograr el ascenso a las más altas cumbres del Espíritu.

De manera que el Santo Grial es el Cáliz Sagrado en el cual, había apurado hasta la última gota del líquido de la vida, el radiante bardo de Nazareth, quien vino al mundo a enseñar la Palabra de Vida; que no es otra cosa que el sentido real y profundo del Amor, convertido en fuerza y poder en el corazón ardiente, de aquellos que han sabido vivir la Vida Superior, la Vida Espiritual, y que han Sublimado las Energías divinas de la Vida, lo cual les da derecho a ser dignos guardianes del precioso tesoro del Grial bendito, que no es otra cosa que el corazón purificado y ennoblecido de aquellos que se han hecho dignos para que en ellos encarne el poder del Logos Solar, del Cristo Cósmico, de esa Esencia Crística, que es la única que salva y que redime.

Y qué es el Logos?. El Logos es el Espíritu de un sistema de mundos; y este Espíritu Logoico radica en los seres individualizados como Poder Creador, el cual tiene dos polaridades: La primera nos da la posibilidad de generar nuevos seres, para perpetuar la vida manifestada y la evolución; y la otra polaridad nos da la posibilidad de elevar cierta cantidad de Energía Creadora, para perfeccionar a través del tiempo y del espacio el cerebro y la laringe, que son los instrumentos por medio de los cuales expresamos el Poder del Logos, mediante la Imaginación Creadora y la palabra.

La palabra, cuando fluye de ideas e imágenes nobles y armoniosas, es creadora de grandes cosas positivas; y es uno de los aspectos más extraordinarios de la evolución humana. Muy pocas personas se detienen a pensar lo que significa el hecho maravilloso, de que el ser humano pueda exteriorizar a través de sonidos y palabras lo que imagina, siente y piensa. San Juan, el discípulo amado, dice en los primeros versículos de su Evangelio: «El principio de todo es el Verbo, el Verbo es con Dios y el Verbo es Dios… todas las cosas por El son hechas, y sin El nada de lo que hay hecho hubiera sido hecho».

Así que el Verbo, la palabra, es la raíz y el origen de todo cuanto existe; es el poder de Dios, es decir, de la Divinidad y es la Divinidad misma. Si fuésemos conscientes de la magnitud que encierra el Verbo, la palabra, el sonido, seguramente seríamos, más cuidadosos con nuestro Verbo, porque es raíz sacrosanta. Raíz de todo bien y de todo mal, según el sentido y el modo de la imagen expresada a través del Verbo, a través de la palabra. Nuestro mundo tal cual es, difícil y trágico, guerrero y cruel, no es otra cosa que la expresión inconsciente de nuestro Verbo.

La palabra, expresión de la idea y de la imagen cultivada en el corazón del hombre, es una sublimación de la Energía Creadora, donde se puede descubrir el verdadero «estado interno» de quien exterioriza la idea a través del sonido.

Entonces, por el sonido y modo de expresión de una idea se descubre la capacidad y cultura de una persona. Las personas que carecen de ideas bondadosas, por ejemplo, se expresan emocionalmente, y caracterizan aquellas situaciones ordinarias de cólera, de envidia, de odio, estas personas suelen ser violentas, y por lo tanto debemos tener mucho cuidado.

En cambio, las personas de noble corazón e imaginación bondadosa y sana, cultivan muy positivamente el poder del lenguaje, de la palabra, y su voz es armoniosa, es bella, y es como una bendición para aquellos que anhelan escuchar el Verbo de Vida, la palabra que sana todos los dolores del cuerpo y del Alma.

Como ustedes ven, son cosas bellas; cosas maravillosas extraídas de la tradicional Sabiduría de las Edades, por seres de alta espiritualidad y sentido sensoconscientivo, que tienen la capacidad de penetrar los mundos internos o espirituales, para retrotraer de allí y darnos el Néctar Divino del saber de la Vida.

La espiritualidad hermanas y hermanos, no es una ficción, ni es una pose; no es una actitud externa de hipócrita humildad. No, la espiritualidad es una exaltación de la Interna Armonía entre el pensar y el sentir, entre la mente y el corazón, es un estado de equilibrio, que los esoteristas de todos los tiempos han simbolizado en la estrella Pentalfa, que dicen anunció a los Magos el nacimiento del niño dios.

En realidad, cuando hayamos realizado la armonía de las energías de la vida en nuestro corazón, sucederá el despertamiento del divino sentido Crístico en la interioridad de nuestro ser, y entonces el «halo» de esa armonía interior será el anuncio de que el Cristo Niño ha despertado en esa pesebrera de nuestro corazón, rodeado de tantos animaluchos: odios, celos, envidias, egotismos, pasiones insanas, etc.

Son cosas cuyo sentido debe profundizar cada uno, hasta donde nos lo permita la evolución, teniendo en cuenta que no son enseñanzas nuevas, sino que por el contrario son las más antiguas que se hayan dado para el bien del mundo.

Son verdades trascendentes, dadas a conocer por los Grandes Seres; verdades que tenemos que aprender, a comprender y sentir, si es que realmente estamos interesados en nuestro progreso espiritual.

Las escuelas idealistas que existen en el mundo han estado muy interesadas en dar algunos vislumbres, de las Eternas Verdades que poseen aquellos seres de vida milenaria, que saben vivir en perenne juventud; es que ellos, como el Ave Fénix, resurgen de sus propias cenizas, renovándose cada vez con más radiante esplendor y sabiduría.

El mayor de esta Jerarquía es llamado «El Rey del Mundo». Lleva en sí mismo la esplendidez de un Sol, la juventud de un adolescente y la sabiduría del Anciano de los Días. En él se cumple el sueño más grande y grato que podamos tener, acerca de lo que debiera y debe ser la Vida del Hombre.

Muchas Almas anhelantes de superación, seguramente están interesadas en saber si es posible hallar algún camino, alguna senda que conduzca a la sublime mansión de esos seres excepcionales, los Adeptos. Por las informaciones que se nos han dado en la Escuela de los Rosacruces, y por alguna relativa experiencia personal, sabemos que lo fundamental es la purificación del Ser Psíquico, es decir, del Alma. ¿Cómo? Eliminando enérgica y definitivamente todo pensamiento sentimiento de odio, de temor, de envidia, de celos, y sobretodo de egotismo, que es la raíz de todas las tragedias y de todos los males que aquejan a la humanidad, además de ser el más poderoso obstáculo para el progreso evolutivo.

Después de haber logrado conseguir que en nuestra mente y en nuestro corazón, no se alimenten otras imágenes o ideas que aquellas que exteriorizan la Verdad, la Belleza y el Bien en todos los planos de la existencia, es indispensable volvernos como niños en el corazón, con la infantil sinceridad y nobleza que caracteriza a los pequeños, cuando aún el egotismo ambiental no ha penetrado en su limpia y transparente psiquis.

«Si no os volviereis como niños, no podréis penetrar en el Reino de los Cielos», dijo sabiamente el señor de Nazareth. Es decir, en el Reino de la Belleza, en el Reino de la Divina Armonía, que sólo surge en las Almas ennoblecidas y purificadas. En esas Almas es donde se hace manifiesto el Reino de los Cielos.

Así que la puerta que da entrada a la excelsa mansión de los Adeptos, no es otra que el corazón radiante de Amor y pleno de Ternura infinita, que nos permita amar la Vida en todo cuanto existe; en el gusanillo que gracioso serpentea sobre la faz de la tierra; en la mariposa que deslumbra con la belleza de su policromados colores y la fantasía juguetona de sus vuelos fantásticos; en el Sol radiante y espléndido, cuyo calor y luz es la Vida de este mundo y de todo cuanto en él evoluciona; en el Super-Sol o Divina Luz Espiritual, que compenetra todo cuanto existe, para que en todo radique su propia Esencia y su propia Divinidad.

He ahí hermanas y hermanos, la puerta de entrada a la Mansión Etérea donde tienen su residencia los Dioses, que han logrado alcanzar las bellezas del empíreo; y a donde tenemos que llegar nosotros, si es que no nos dejamos destruir por las pasiones, los vicios, los odios y el nefasto egotismo.

Que los Maestros nos iluminen en el Sendero Santo que ha de conducirnos a esa esplendorosa Mansión Espiritual, para que desde allí y en comunión espiritual con los Grandes Seres que guían a la humanidad, podamos servir y ayudar a todos los seres de corazón bondadoso y noble, con anhelos infinitos de superación espiritual, para poder servir, sentir, amar y vivir noble y armoniosamente.

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